Lo Que Apareció Luego De Lo Que El Viento Se Llevó

Los veranos en Lima se caracterizan por tener noches frescas gracias a la brisa deliciosa. Ese verano en particular la brisa no se estaba sintiendo como un regalito refrescante de la naturaleza sino como uno agresivo. Todos en la ciudad estábamos advertidos de los vientos huracanados que posiblemente nos visitarían pero en realidad nadie pensó que serían de tal magnitud.

Justo la noche que ocurrieron yo había caído rendida temprano pero como a las tres horas de esto unos golpes iracundos en mi ventana me despertaron.
Con el corazón en la boca me asomé y lo que vi no fue poco cosa. Los árboles del parque frente a mi casa estaban totalmente doblados, sus ramas y hojas se iban partiendo y volaban junto con flores, basura, palos.
Yo no llegaba a ver el mar pero se escuchaba furioso y podía imaginar que las olas habían invadido toda la Costa Verde y se peleaban con los cerros.
Al poco rato, por los aires comenzaron a aparecer más objetos arrancados. Vi volar los carteles puestos por la Municipalidad que nos advertían que seriamos multados si no levantábamos las heces de nuestras mascotas. Volaban también bicicletas, materiales de construcción, partes de carros y lo que terminó de aterrarme fue cuando vi atravesar el cielo a un perro enorme, un pastor alemán creo.
En ese momento corrí a la sala. El corazón me palpitaba a mil por hora. Intenté llamar a mis padres. No había línea telefónica. Aterrada me metí, cual gato, debajo de la cama. Espere y cuando ya no se escuchaba nada salí totalmente tronchada de mi guarida. Miré por la ventana. No había luz eléctrica, ni luna, así que nada se veía.
Desasosegada traté de dormir.

A la mañana siguiente salí temprano. La imagen que vi fue totalmente irreconocible. No era el parque frente a mi casa. Era cualquier otra cosa. No quedaba absolutamente nada. Todo había sido arrasado menos un árbol. Caminé por este nuevo espacio árido. Algunos vecinos caminaban también y comentaban estupefactos el acontecimiento.
Me acerqué donde estaba el único árbol. Estaba maltrecho pero evidentemente era un árbol de raíces fuertes, era un árbol sólido, robusto y flexible a la vez. Un sobreviviente. Tuve una reacción repentina y extraña. Lo abracé. Lo abracé con mucha fuerza como si fuera una persona, un ser muy querido.

Durante los días siguientes algunos destrozos pudieron ser reparados pero el parque seguía desierto, semi desierto en realidad pues el árbol, mi árbol, se iba recuperando.
Traté de llevar esta desgracia producida por los vientos de la mejor manera posible, ponerle la mejor de mis caras pero me sentía devastada. Me aliviaba caminar por el malecón y disfrutar de las puestas de sol mientras tomaba jugo de granadilla.
Visitaba a mi árbol todos los días y lo regaba. Yo sentía que él se había quedado allí por lealtad hacia mí y a pesar que este pensamiento podría resultarle a muchos totalmente absurdo yo estaba convencida de esto y por lo tanto no lo descuidaría ni un segundo.

Al octavo día, cuando bajé al parque, vi que había brotado algo extraño alrededor del árbol. Me acerqué y me dí cuenta que eran unos pequeñitos hongos. Me parecieron divertidos, siempre me habían caído bien los hongos, eran sabrosos, alucinógenos, divertidos.
Me fui contenta esa tarde. Al día siguiente regresé y noté que los hongos no solo habían crecido sino que habían mas, muchos mas. Algunos comenzaban a treparse por mi árbol.
Noté también que apestaban, que despedían un olor a resentimiento.
Esta vez dejé el parque algo contrariada y mientras que caminaba hacia mi casa vi a través de mis sandalias que esos hongos me estaban creciendo también a mí en los dedos de los pies.
Preocupadísima llame a mi padre. Casi inmediatamente él me consiguió el teléfono de un micólogo amigo de él.
Lo llamé y le conté las características de estos hongos que crecían tanto en el árbol como en los dedos de mis pies. Algo desconcertado, prometió visitarme al día siguiente, chequear a los hongos y estudiar el caso.
Temprano en la mañana llegamos al parque. Los hongos habían tomado las ramas de mi árbol y a mi me estaban llegando a la pantorrilla.
El árbol seguía firme pero sus hojas estaban algo amarillentas y yo me sentía débil y llorosa.
Luego de cuatro horas y varias pruebas, el micólogo habló con voz solemne.
Todo parecía indicar que estos eran hongos venenosos que encontraban en los seres que habían pasado por pequeñas o grandes vorágines y estaban vulnerables el ambiente perfecto para reproducirse.
Estos hongos se llamaban pensamientos insidiosocetes, lenguas maldicientecetes, chismocetes, prejuiciocetes, rabia injustificadacetes y celoscetes.
Me explicó también que sería una locura que traté de arrancarlos pues por uno arrancado salían tres. Yo le pregunté si podían ser mortales. Por suerte me contestó que no pero que si tenían la capacidad de debilitar al afectado tanto como para dejarlo sin energía y autoestima. La única cura, me explicó, era dejar que el tiempo pasé sin pelearse con los hongos pero a la vez ignorarlos y mientras tanto fortalecer la seguridad en uno mismo, concentrarse en sus pasiones y vivir plenamente lo que uno este viviendo. Su recomendación me sonó a consejo grupo de terapia de apoyo, esos que no me atraen en lo mas mínimo. Me dió rabia que luego de tanta investigación me diga eso pero me controlé y lo despedí diplomáticamente.

Han pasado varios días y debo admitir que sus palabras me quedaron resonando y en algo cambió mi actitud.
Los hongos de mi árbol se han reducido hasta menos de la mitad del tronco, sus hojas están verdes y creo que le está creciendo una flor. A mi no se me han ido aun pero por lo menos no han seguido trepando. Hace dos días que se han detenido donde acaba mi esternón. Huelen menos feo y yo me siento un poquitito mejor.
Creo que vamos a estar bien. Eso espero. Y espero también no volver a vivir vientos huracanados como los que acaban de ocurrir pero con los cambios meteorológicos que se están dando en el mundo lamentablemente hay que prepararse para todo.

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Vivencias

El sábado pasado se llevaron todas las puertas de mi casa. Absolutamente todas. Y que conste que no lo digo metafóricamente. Es una cruda realidad…
Temprano en la mañana llegaron cuatro hombres, apenas saludaron, ni siquiera me miraron, entraron directa y avasalladoramente a hacer su labor y bisagra por bisagra desencajaron las puertas de sus umbrales.
Yo intenté decirles que tengan cuidado con las paredes, con las puertas mismas con los gatos, con lo que fuera pero me dejaron parada en la mitad de la sala con las palabras en la boca agria.
Con una rapidez casi inhumana fueron agrupando cada puerta de la casa en el recibidor. Las puertas de los cuartos, de los baños, de la despensa, de los muebles de cocina, del repostero, de los closets, del armario, los cajones también. Cuando ya no quedaba mas que la puerta de la entrada y la puerta falsa me dijeron un par de cosas que por mi estado atónito no entendí y se fueron dejándome parada en el mismo sitio donde me encontraron al llegar.

Me tomó un tiempo salir del desconcierto y recuperarme de la sensación de saqueo, de ultraje, de violación.
Di un par de pasos cuidadosos. Hacer ruido o alborotar el aire en esos momentos hubiese sido como echar acido muriático en una llaga.
Cuando luego de unos minutos vi salir de quien sabe donde a los aterrorizados gatos sentí la confianza de caminar con cautela por mi casa.

Primero entré a la cocina y me sorprendió la cantidad de cosas que parecían haber brotado de los muebles sin puertas, no solo vajilla y cientos de utensilios de cocina sino cuadernos, libros, adornos, recibos pagados, guías telefónicas, pilas, palos, llaves imanes y cuanto cachivache uno se pueda imaginar. Quien hubiera creído que tantas cosas habían estado llenando esos espacios.
Un poco fastidiada por el desorden continué revisando mi casa. El siguiente cuarto fue el de huéspedes. Ni bien entré sentí como si una avalancha cayera sobre mi. Del armario y del closet saltaron cientos de cosas mas, esta vez eran ropa, fotos, agendas viejas, cuadernos, música, afiches, recortes de periódicos, más libros y más adornos y miles y miles de recuerdos. Yo he vivido en esta casa 10 años pero podría jurar que estaban guardados allí todos los años de mi vida.
Fui de cuarto en cuarto y en cada uno de ellos pasó lo mismo y más. Salían abriéndose paso las miles de vivencias acumuladas durante tanto tiempo. Habían estado apiñadas y silenciadas detrás de las fuertes y represoras puertas de madera pintadas de blanco. Ahora todas podían salir, no había nada que las sujete o calle, algunas rodaron libres y por instantes me refrescaron y robaron una sonrisa, otras solo querían estar presentes pero eran demasiadas y no había lugar para ellas, pero muchas estaban rabiosas, habían estado ahogadas, tapadas e incubando rabia y ahora avanzaban gritando y exigiendo atención.
Todas estas vivencias convertidas en objetos, en cosas materiales rodaban, marchaban, se arrastraban invadiendo cada espacio vacío de la casa. Fueron haciendo con migo lo que yo les había hecho durante años. Me fueron arrinconando, chancando, estrujando. Comenzaron a asfixiarme. Se me arrojaban una tras otra refregándose en mi cara y obligándome a aceptar quien era yo en realidad. Traté de explicarles que yo pensé que lo que había hecho estos años con ellas era contenerlas, aguantarlas, ponerlas a dormir placidamente pero aparentemente las había querido desaparecer y ellas no habían ocurrido para que esto sucediera. Ellas querían estar presentes mientras estuvieran vivas. Ese día caí en cuenta que son longevas e intensas, demasiado para mi propio bienestar pero así son y no las puedo cambiar.

Cuando sentí que me ahogaba traté de sujetarlas y calmarlas pero han estado invadiendo cada milímetro de mi casa desde el sábado sin dejarme en paz. Hasta ayer he intentado regresar tarde y cansada para caer rendida e ignorarlas pero no me dejan dormir, me despiertan durante la noche y temprano en la mañana. Hoy les he pedido comprensión, he jurado que no voy a desentenderme de ellas pero que hasta que pueda lidiar con ellas me comprendan y se queden quietas en cajas de embalaje. Les he contado que nos vamos a un sitio nuevo, y que una por una las sacaré de las cajas y le daré su tiempo, conversaremos y luego las ubicaré en un lugar cómodo, nunca mas apiñadas, desatendidas ni empolvadas.
Hasta el medio día han estado tranquilas pero se han ido inquietando durante la tarde y en estos momentos, siendo las 10.57 de la noche del domingo 7 de febrero están nuevamente desconfiadas y ruidosas. Golpean las cajas de cartón y como histéricas me hablan todas a la vez. Creo que no podré dormir bien tampoco esta noche.

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La Pena

Fue bueno para ella aprender que la pena y el miedo son cosas distintas. Fue mejor aún reconocer que por suerte ella sufría de pena y no de miedo. Pensó que el miedo paraliza mientras que a la pena se le espanta bailando, saltando, girando, rodando, sudando y convulsionando. Ingenua ella.

Fue así como una tarde a principios de verano decidió exorcizar su pena. Se puso un vestido con vuelo y unos zapatos con amortiguación y partió segura que lograría su cometido.

Entró al amplio y semi oscuro salón con piso de cemento pulido. Nadie bailaba aún. La gente esperaba cobardemente a que algún desvergonzado iniciara la rumba. Ella no se dejó intimidar por las miradas enjuiciadoras que le recordaban lo torpe y egoísta que había sido. En realidad ya no tenía que perder. La pena la tenía en el subsuelo y su única alternativa era sacarla, exprimirla fuera de su sistema así que comenzó poco a poco.
Su cuerpo se fue moviendo al ritmo de Lárgate, de los hermanos Yaipen y luego de toda la recatafila de éxitos bailables del 2009 pero nada. El baile no estaba surtiendo efecto. Seguía exactamente igual de desalmada y acongojada. Le hecho la culpa a la música. Pidió que la cambien.
Y como el dj era un buen hombre decidió complacerla poniendo la inmensa variedad de música que podría ayudarla a exorcizar la demoníaca pena.
Con Bebé fue sintiendo como su cuerpo se calentaba, Con Jay Z y Alicia Keys ya estaba hirviendo y se movía solo, iba perdiendo el control. Cuando MGMT sonó ya estaba ella saltando tan alto que algunas mechas tocaban el techo y con los Rolling Stones ella volaba de pared a pared.
En ese momento pensó que ya estaba todo arreglado, que por lo menos sentiría tranquilidad nuevamente pero fue justamente este pensamiento que la hizo caer desde lo mas alto y no solo se golpeó la cadera sino que su esperanza de mejora se derramó. Se sentía peor que antes.

Desesperada salió a la calle y corrió sin tregua hasta la playa. Si iba muy rápido quizá dejaba a la pena atrás. Pero tampoco funcionó.
Se metió sin cuidado al agua helada y peligrosa. Las olas la cacheteaban, la zamaqueaban con una fuerza asesina que sin duda matarían también a la pinche pena. Pero no fue así. Mas bien la empujaron a la orilla.
Dos hombres la observaban atónitos mientras tomaban cervezas. Se le ocurrió por un momento morderlos, dejarse tomar por ellos, rodar por la arena rasposa con ambos. Pero descartó esa idea. La había probado antes y no le había funcionado.

Entonces pensó que lo que necesitaba era silencio, inmovilidad. Caminó hacia su departamento abatida y se sentó en el banquito que le había hecho su padre años atrás. Sintió su respiración, y el peso de su pelvis. Si reencontraba su centro se sentiría mejor.

Pasaron minutos y lo único que encontró fue a la pena misma. De pronto la vio clarísima. La pena era nada mas ni nada menos que una especie de arácnido, algo así como una garrapata que se enganchaba fuerte con sus ocho patas y no se soltaba hasta estar repleta. La garrapata que la habitaba había encontrado a la anfitriona ideal y no se llenaba fácilmente. Era devoradora y no solo se alimentaba de sangre sino de todo lo que encontraba. Iba creciendo y engordando segundo a segundo.
Cayó en cuenta que la sensación de tener un hueco en la boca del estomago no era solamente una sensación, era una realidad. La garrapata había comenzado por allí, primero comiéndose su comida y luego raspándole y perforándole la capa interna del estomago con los dientecillos.
Si el corazón le golpeaba con mas fuerza era porque los tejidos alrededor se los estaba devorando y poco a poco estaba quedando el órgano sangriento mas expuesto, sin nada que lo proteja.
Además le había estado chupando el oxigeno y los nutrientes de la sangre.
Si le costaba respirar era porque también había succionado parte de sus bronquiolos y alvéolos y los pocos que le quedaban no eran suficientes para hacer el intercambio de gases vital para que siga existiendo. Si no había vuelto a menstruar era porque su útero había sido delicioso alimento para este acaro gigante y ya no quedaba absolutamente nada de el. Si le habían aparecido nuevas arrugas era porque la desgraciada usaba la keratina y las grasas naturales de la piel como saborizante.
No quiso pensar más en los destrozos que estaba sufriendo y que seguiría sufriendo. Era victima de una enfermedad infecciosa y ahora además de pena tenía miedo.

Por primera vez en su vida sintió que de pena uno si se puede morir. Cerró los ojos y se entregó a su garrapata.

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Laberinto

Cuando llegué ya estaba cansada. Tenía sueño. El viaje no había sido largo ni aparatoso. No era eso. Desde hacía meses que mi cabeza no descansaba, que estaba llena de pensamientos y deseos contradictorios. La pena y el miedo me estaban desgastando. El viaje sin duda iba a ordenarme, al menos eso pensé.

La cosa es que llegué al Terminal de buses y me tomé un taxi hacia la plaza donde me irían a buscar.
La plaza no era nada especial. Esperé un rato y como nadie llegaba busqué una cabina de teléfonos para llamar y avisar que ya había llegado. Nadie contestó. Pensé que ya llegarían así que agotada arrastré mis dos maletas hacia la banca más cercana.
Me quedé un rato dormida y desperté rodeada de una jauría de perros maltrechos. Eran horribles pero los reconocí como sobrevivientes. Inmediatamente me sentí protegida por ellos.

Ya estaba oscureciendo y a pesar que el agotamiento no me permitía sentir ansiedad ni ninguna otra emoción, me pareció extraño que nadie llegara por mí. Volví a llamar. Una vez más no hubo respuesta. Decidí buscar el hospedaje por mi propia cuenta. Me habían dicho que quedaba en el Cerro Bellavista. Pregunté como llegar a el. Luego de que unos atentos transeúntes me indicaron la ruta me encaminé. Mis nuevos amigos, los cinco perros, me acompañaban. Me hubiera gustado que me ayuden con una de las maletas pero como eso era imposible me contenté con sentirlos a mi lado cuidando cada paso que daba.

Luego de diez minutos llegué a las faldas del cerro. A pesar del esfuerzo de jalar las maletas y de la incertidumbre seguía con sueño y los parpados me pesaban.
Había un camino y comencé a subirlo. Subí y subí por la calle destartalada y empinada. Mi corazón se agitaba. Hasta a los perros les estaba costando.
De pronto llegué a una bifurcación. No sabía cual de los dos caminos tomar. La duda me hizo parar. Además el hombro derecho me dolía de jalar la maleta. Me senté un rato. A mi alrededor habían muchas casitas coloridas, caca de perros y gatos y latas de cerveza pero ni un solo ser humano a quien hacerle una pregunta.
Me senté en el suelo y recosté mi cabeza en una pared con un colorido graffiti de unos súper héroes de rasgos mapuches. Se les veía victoriosos y felices. Al lado estaba escrito “tu eliges”.
Las letras se me hicieron borrosas y el sueño casi me toma por completo pero el ladrido del perro cojo me indicó que debía continuar. Me paré abruptamente. Pensé que sería bueno si aligeraba mi carga y dejaba un par de cosas. Dejé lo que menos me interesaba.

El perro de ojos casi blancos había escogido por cual de los dos caminos continuar. Ni yo ni el resto de perros se opuso. Caminamos y cada vez el camino se hacía más estrecho y desordenado. Una vez más llegamos a una intersección. Esta vez había muchas opciones. Se podía seguir hacia arriba, voltear a la derecha, a la izquierda o entrar por un pasaje a la diagonal derecha. El perro “oji casi blanco” volvió a guiarnos. A la derecha sería y en ese momento me di cuenta que él era el líder y como tal él tomaría las decisiones importantes. Yo me dejaría llevar confiando que llegaríamos a buen puerto y eso no necesariamente era el hospedaje donde me habían reservado una habitación.
Habremos caminado una hora por recovecos y callejuelas. De cuando en cuando aparecía entre las plantas, casas y paredes la vista esplendida del océano Pacifico. Eso ero lo único que me mantenía relativamente ubicada, por lo menos sabía dónde estaba el oeste y esto implicaba que mi norte no estaba del todo perdido pero inmediatamente después volvíamos a entrar en la turbulencia de las miles de callecitas, caminitos y escaleras que nos llevaban a quién sabe donde.

El sueño y la confusión me hicieron parar, gateé hacia un poco de pasto y me acurruqué entre los perros. Yo sudaba mucho y ellos jadeaban y me miraban con ojos tiernos.
Dormí un rato. Me desperté por los lengüetazos que el perro con dreadlocks me daba tratando de secar las lágrimas que me corrían por los cachetes. No dejaban de caerme pero yo ya no sabía exactamente porque lloraba. El agotamiento me seguía anulando la capacidad de pensar y recordar que era lo que me estaba pasando y porque estaba allí.
Alcé la mirada y en la pared frente a mi había una sola cosa pintada. Era un corazón. El típico corazón rojo con una flechita atravesada. Eso me devolvió la memoria y ahí si que el llanto se me vino como un huayco. Mocos y babas empaparon mis manos, mi polo, mi pelo alborotado.
Aullidos míos y de los cinco perros ahuyentaron al silencio de esa noche. Y la convirtió en una aterradora.

Antes de que amanezca ya nos habíamos calmado y estábamos los seis despiertos mirando a las estrellas. Era momento de seguir caminando.
No quería hacerlo pero sabía que debía dejar la maleta grande. Ya no podía seguir llevándola.
Me despedí de ella como si fuera una persona.

Nuevamente aparecieron miles de opciones de caminos que seguir pero nuestro líder lo haría por nosotros. Era bueno confiar y dejarse llevar. Subimos, bajamos, volvimos a subir, parecía que íbamos en círculos pero nunca repetimos un lugar.
Paramos pocas veces, dos o tres máximo. En una de ellas el perro sin cola desapareció y cuando regresó me traía la mitad de un completo. Estaba mordido por un humano que obviamente lo había botado. Tenía hambre y no estaba para hacerle ascos a nada así que me lo comí y seguimos camino.

Hacia el final de la noche yo caminaba con los ojos cerrados. Estaba casi dormida pero “funcionaba”.
Con los primeros rayos del sol me di cuenta que estábamos en la cima de un cerro. Ya no había viviendas ni rastros de seres humanos cerca. Los perros dejaron de caminar. Se echaron agotados en el suelo. Me percaté también que ya no tenía mi maleta pequeña. En algún lugar la había dejado.
Me senté.
La vista era maravillosa. Estaba despejado y se veía todo el horizonte.
El perro con la mandíbula inferior protuberante se echó sobre mí. Creo que trataba de darme paz.

Hasta el día de hoy sigo en ese lugar. Los perros se han ido pero yo no me he movido aún. No es un lugar para quedarse mucho tiempo. No hay nada. Solo una lejana vista hermosa.
Me imagino que cuando deje de tener sueño, cuando ya no esté cansada sabré a donde ir.

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Ysabel la del hostal

La historia de Ysabel no es del todo original. Tampoco es común pero de hecho habrán escuchado de una o dos historias similares a la de ella alguna vez en sus vidas. Es más, hace unos años, salió una película francesa que contaba la historia de una mujer similar a Ysabel.
En cualquier caso, no por no ser única deja de ser digna de contar. Así que la contaré. Seré breve pues poco sé de ella. En realidad nadie en la pequeña ciudad de Valparaíso sabe o recuerda mucho de ella. Dicen que si no es lugareña vivió allí desde muy chica pues lo que si recuerdan es que su dominante madre nunca la dejó jugar con los niños del barrio pues no quería que se ensucie así que solo se les veía pasar del colegio, la iglesia o el mercado a la casa donde vivían.
Hoy siguen viviendo en la misma casa, las dos. La madre está muy viejita e Ysabel se dedica al cuidado y compañía de ella. Ysabel no trabaja, al menos eso parece. La gente dice que viven de una herencia pero que posiblemente ya les queda poco y por ese motivo desde hace unos años Ysabel decidió alquilar habitaciones a los turistas que continuamente visitan el puerto.
Su casa está ubicada en uno de los cerros más simpáticos y vitales de Valparaíso, El Cerro Alegre. Esto debería de indicar que las dos habitaciones que Ysabel alquila estarían siempre llenas, pero no es así. La casa está casi en la cima del cerro, lejos muy lejos pero el problema no es ese sino que la casa emana algo extraño, triste y apolillado.

Una vez llegó un hombre colombiano. Era joven, robusto y hermoso. Llegó con poco equipaje. Quien sabe que fue a hacer, parecía que estaba de transito. Era lunes por la mañana cuando tocó la puerta de la casa. Luego de los varios segundos que le tomó a Ysabel sacar los 7 pestillos, la puerta se abrió con el sonido de unas campanitas. Y allí vio Ysabel al hombre más hermoso que en su vida había visto, con una sonrisa de niño y un cuerpo de hombre-lobo.
El colombiano educada y tímidamente pasó, vio el cuarto y preguntó el preció. Ysabel misma se sorprendió de su respuesta “Yo cobro 10 mil pesos la noche pero a usted se lo dejo en 5 mil”.
Sin más ni más el colombiano lo tomó. No sabía cuanto tiempo se quedaría pero de hecho más de una semana le dijo.
Este fue el inició de los días mas intensos que Ysabel en sus casi 50 años había vivido.

Comenzó a estar pendiente de cada movida del colombiano, si usaba el baño, si salía de la casa, si llegaba, si volvía a salir, si había ruido en el cuarto, si hablaba o no desde su celular.
Trataba de encontrarse con él cada que podía en el pasillo y le preguntaba si todo estaba bien, si estaba a gusto, si necesitaba algo.
El colombiano siempre le respondía con dulzura, era muy atento y le pagaba puntualmente. Nunca un hombre la había mirado a los ojos ni se había tomado el tiempo para hablarle. De pronto se sentía segura con él. Comenzó a sentir que la casa se llenaba de vida, que el olor a enfermedad de la madre iba siendo sustituido por el delicioso olor a sudor de ese hombre maravilloso.
Ysabel se sentía feliz. No recordaba cuando había sido la última vez que se había sentido así. Quizás nunca.
La quinta noche pasó algo inesperado. Era tarde. Ella y su madre ya estaban acostadas cuando escuchó al colombiano llegar. Pero no llegó solo, llegó con una mujer. Ysabel escucho las voces y risas de ambos. Trataban de no hacer ruido pero parecía que venían borrachos.
Ella sintió un golpe en el estomago con resonancia en todo su cuerpo y un eco ensordecedor. En segundos algo parecido a un ácido le comenzó a quemar la piel. Celos. Celos espantosos que no la dejaron dormir.
Escuchó toda la noche jadeos y el crujir de la cama y cuando llego el amanecer se incorporó rápidamente, se bañó y decidió esperar a que salgan el par de inmorales.
Le pediría al colombiano que se vaya. Le diría que ella no le alquilaba habitaciones a parejas. No le importaba que suene ridículo ni poco creíble. Lo quería fuera de su casa. Primero salió la mujer. Era una zorra vieja, con el maquillaje corrido. No entendía que le había visto el colombiano a tremenda decadente. La mujer con las justas alzó la cara para saludarla y se fue tambaleando luego de abrir los 7 pestillos.
El colombiano no salió inmediatamente. Luego de 15 minutos aproximadamente Ysabel escucho que la puerta se abría y corrió para darle el encuentro pero al verlo salir en lugar de decirle lo que iba a decirle se quedó paralizada. Lo vio aún más hermoso, más dulce y más gentil. Él, con su voz suave le dijo “¿Y como ha amanecido hoy? Voy a comprar pan ¿desea que le compre algo?”.
De más está decir que Ysabel se derritió, sintió en ese mero momento que lo amaba y que no era ni sería nunca capaz de decirle que se vaya.

Es así como el doloroso y apasionado amor de ella hacia él comenzó.
Todas las noches él llegaba con distintas mujeres. A veces repetía pero no era lo común. Unas eran turistas, otras lugareñas y hasta un par de prostitutas del puerto llevó.
Ella esperaba despierta hasta que llegaran y luego de que los escuchaba encerrarse en el cuarto ella corría a la lavandería que era el lugar más cercano a la habitación.
Se moría de celos pero también sentía un intenso placer al escuchar las sesiones amatorias que su amado tenía con las distintas mujerzuelas. No solo escuchaba los jadeos de ambos sino que palabras perversas, golpes en el suelo, cachetadas, muebles rechinando, sollozos, gemidos.
Al comienzo ella se asustó. Pensó que algo terrible y violento podría estar ocurriendo pero como a la mañana siguiente veía a ambos relativamente bien dejó de preocuparse. Más bien todo lo que escuchaba la excitaba hasta el punto de quedar empapada por sudor, por fluidos vaginales, por lágrimas.
Ella se arrastraba y retorcía por el piso, como si fuera a ella a quien él le estaba haciendo el amor. Se lanzaba contra las paredes hasta que algo en su cara sangrara. Necesitaba sentir. Necesitaba sentir a gritos.

Nadie podría imaginar lo que cada noche se vivía en esa casa.
Y mientras las noches transcurrían así, los días estaban llenos de devoción de Ysabel hacia el colombiano. Ella quería atenderlo y complacerlo en todo lo que estuviera a su alcance. Una tarde ella lavaba los pisos cuando él salió con el torso desnudo y cargando un bulto de ropa. Era la primera vez que lo veía así. Se movía como una pantera. Quería lavar ropa le dijo. Metió la ropa en la maquina y batalló con los botones sin saber que hacer. Ysabel se acercó para ayudarlo. Sus dedos se encontraron encima de un botón. El calor de su cuerpazo la abrazó, su respiración la acarició.
De allí en adelante se ofreció a lavarle la ropa cada dos días. Y así lo hizo, no sin antes oler sus calzoncillos. Mientras colgaba la ropa ya limpia y mojada cantaba y se sentía plena y como por lo general esto coincidía con las siestas que el colombiano tomaba todas las tardes ella entonces también le velaba el sueño. Se aseguraba de que no haya ruidos molestos, apagaba el televisor y le daba a su madre unas pastillitas para que también durmiera a esa hora. Si durante ese tiempo llegaba alguna de sus mujerzuelas a buscarlo, ella les decía por la ventana “está haciendo la tuto. No la puede atender” y sin remordimientos les cerraba la ventana en la cara.

Pero como era de esperar el colombiano un día se fue. Se lo dijo la noche antes. Le pagó, le agradeció, dijo que recomendaría el lugar y le dio la mano.
Ella no pudo decir ni una sola palabra. Fue como si todo lo que estaba debajo de su piel se hiciera trisas, que quebrara en mil pedazos. No sabe como pudo caminar hasta la cama. Se desplomó sobre ella.
No pudo pararse sino hasta días después. Lo escuchó irse en la mañana pero sus piernas no reaccionaban. Tampoco lo hicieron ante los gritos desesperados de la madre exigiendo comida.
Al tercer día se levantó, había envejecido como cinco años. Entró al cuarto de su amado, estaba impecable pero olía a cerveza y a sudor. De hecho solo había dejado una lata de cerveza Escudo.

Hoy espera con ansias a que regrese algún día y algunas noches mientras espera y el recuerdo se va volviendo cada vez más difuso entra a la lavandería y con el cuchillo de fruta se corta ligeramente los brazos y las piernas. Es lo mas cercano a revivir la pasión que vivió por él.

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Decisiones

No estaba preparada para volver a sentir dolor.
Hacía mucho tiempo que no lo sentía. Esa semana había estado con mucha rabia, demasiada, casi botando espuma por la boca. También había sentido ansiedad y culpa. Había vuelto a fumar y comía compulsivamente. Presentía que si no hacía lo debido, si no tomaba la decisión correcta, estos “síntomas” fastidiosos podían convertirse en puro y despellejado dolor. Esto no me podía volver a ocurrir, no a mi edad.

Mientras con furor cortaba los champiñones para la ensalada de la cena se me venían imágenes nunca olvidadas pero si ocultas: la textura de la almohada en mi cara, mi cuerpo semidesnudo en la nieve, el día después de que todos los platos, adornos, vidrios y huesos se rompieron, el olor a Egyptian Musk, las visitas que le hacía al hospital, el despertar rodeada de mujeres llorando en camillas, la despedida definitiva, el avión…

Solté el cuchillo y me senté en el banquito. Intenté respirar pero estos recuerdos me bombardeaban de tal manera que no le dejaban espacio a ningún otro pensamiento o acción. Pensé que lo único que me tranquilizaría era subirme las pulsaciones para que mi corazón bombeará y expulsará de mi sistema todo lo que me estaba perturbando. Así que decidí salir a trotar. Me importó poco que mis rodillas estuvieran lesionadas. Atravesé las calles, hasta llegar al malecón y luego bajé a la playa. Mis zancadas eran largas, me sentía fuerte, como un toro suelto en plaza.

El movimiento repetitivo y el impacto de mi cuerpo con cada paso estaban surtiendo efecto. Mi cabeza se estaba ordenando. Pensaba lo que siempre he pensado en mi vida. Que uno es responsable de su propia felicidad o infelicidad. Que a nadie podemos agradecer ni culpar. Que son nuestras decisiones las que nos darán la vida que queremos. Pero acto seguido volvió a incrustarse una terrible pregunta ¿Cuál es la vida que quiero? No lo sabía realmente. Solo sabía que quería ser feliz y no sentir dolor. Nuevamente me comencé a desesperar ¿Qué debía hacer entonces para mantener o conseguir esto? ¿Cuál era la decisión correcta? Esto era un peso, una responsabilidad demasiado grande. Corrí mas rápido y creo que por mucho rato. Cuando regresé al edificio donde vivía estaba tan cansada como luego de que uno a llorado a rabiar y la sensación que queda es parecida a la del alivio.

Abrí la puerta del departamento. Ya estaba oscuro y no se veía nada. Di tres pasos y me tropecé con algo, di dos pasos más y me tropecé con otra cosa. Cuando desconcertada prendí la luz me encontré con muchas cajas, cajitas, cajotas. Mi departamento estaba lleno de cajas de embalaje. No había nada más que eso, ni un mueble descubierto, ni una planta, ni una copa. Puras cajas de embalaje. Pensé que me había equivocado de departamento pero tenía el mismo número que el mío. De pronto escuché un ruido en el cuarto de huéspedes y acto seguido salió un hombre como de veinte años, de contextura gruesa, cabello ensortijado y cabeza grande. Yo salté entre las cajas, corrí hacia la puerta, me caí y grité “¡ladrón! ¡ladrón!”. El hombre corrió hacia mí y con una cara mas asustada que la mía (creo) y una voz grave pero dulce dijo “Mom, what´s wrong? Are you o.k? Lo quedé mirando paralizada. Su rostro y olor me parecieron familiares. ¿Me había dicho Mom, osea Mami? Qué era esto, una broma, quién era este chico-hombre con ojos de venado asustado…

No sé si era por el shock o porque la cara del joven se me hacía muy familiar o por que no me parecía amenazador sino mas bien tierno y preocupado que me quedé quieta y no intenté huir. Nos miramos durante lo que pareció bastante tiempo, ambos intentando comprender que estaba pasando. Yo rompí el silencio y le pregunté quién era, qué hacía en mi departamento, por qué me había embalado las cosas. El me respondió siempre en ingles “¿Como que quien soy? Soy Lawrence, tu hijo”.
Me corrió un hielo helado por la columna, me levanté furiosa y nuevamente asustada le dije, mientras corría hacia el baño para protegerme, que se largara, que no entendía porque me quería jugar esta broma.
Me encerré.
El parecía desesperado, me tocaba la puerta y me preguntaba una y otra vez que me ocurría. De pronto se calló, pasaron unos minutos de silencio y nuevamente lo escuché hablar. Parecía que hablaba por teléfono y en ingles. Dijo algo así como “Papá, no me reconoce, ni siquiera sabe quien es ella, que debo hacer, no quiere salir del baño.” La persona al otro lado del teléfono debió de haberle dado unas indicaciones y el colgó. Llamó a otra persona y esta vez en un pésimo español dijo “Abuelita Meme, mi mamá está mal, ha perdido la razón. Vengan rápido”.
A estas alturas yo ya estaba tan desconcertada que me sentía al borde de una crisis nerviosa. En primer lugar yo no tuve, ni tengo ni tendré hijos. Tengo 41 años y vivo desde hace 8 con una mujer. En segundo lugar ¿Abuelita Meme había dicho? Mi mamá se llama Meme pero tampoco es abuela de nadie.

No se cuanto tiempo paso, mucho creo. Durante ese rato yo no me atreví a salir del baño. De cuando en cuando escuchaba la voz del joven diciendo “Mom” “Mom” hasta que sonó el timbre, la puerta principal se abrió y escuche la voz de mi padre y madre saludando calidamente al joven. Abrí sigilosamente la puerta del baño y mi padre la empujó con fuerza. Lo ví al lado de mi aterrada madre y de un hombre que reconocí como un amigo médico siquiatra de la familia. Ella se abalanzó para abrazarme y me suplicó que me tranquilizara. Yo me sacudí gritando, “¿Qué pasa? ¿Qué tipo de complot es este? ¿Donde está Fernanda?”
Entre todos me redujeron y el médico me forzó una pastilla por la boca. Yo traté de escupirla pero entre atoros y babas creo que me la tragué. Seguí pataleando y pidiendo explicaciones cada vez con menos fuerza hasta que no recuerdo nada.

Lo siguiente que recuerdo es que estaba en la cama de un hospital con poca energía y mucha calma. El joven me miraba con mucha ternura y me tenía abrazada. En ese momento me di cuenta de que se parecía a mi ex pareja. Suavemente dije “¿Leroy?” y el joven salto de la cama “Sí, sí mamá” exclamó. Llamo a sus abuelos (que resultaron ser mis padres). Yo seguía confundida pero sin una gota de ansiedad, es mas me dió risa y pregunté de que estaban hablando. En ese momento entró también el medico amigo y me dijo que por el estrés de los cambios en mi vida había perdido la memoria y no sabía quien era ni donde estaba.
Con una carcajada le respondí que era un tonto que por supuesto que yo sabía que era Pachi Valle Riestra. El médico, con esa cara irritante que tienen varios médicos que se creen dueños de la verdad me preguntó “¿Y qué mas? Cuéntame de tu vida” Yo, enfrentándolo, respondí.

Soy bailarina, coreógrafa y docente. Trabajo desde hace un tiempo en la televisión y por ello soy medianamente conocida. Tuve una escuela de danza muy importante que fundé junto con dos socias en 1995 cuando regresé de vivir en Nueva York. Enseño danza en la Universidad Católica. Soy la pareja de Fernanda Longoni y tenemos dos gatos.

En ese momento el me interrumpió diciendo, “Lo único cierto de todo esto es tu nombre y que eres bailarina”. Busqué la mirada de mis padres para que me dieran la razón y no lo hicieron.

Me levanté de la cama y con una seguridad casi soberbia decidí probarles lo contrario. Pensé que si salía al pasillo las enfermeras, pacientes o visitantes de la clínica me reconocerían y hasta me pedirían autógrafos y así no podrían porfiarme mas, tendrían todos que aceptar que estaban jugándome una broma de muy mal gusto o tratando de engañarme y confundirme para conseguir algo que hasta el momento no se me ocurría que podía ser. Esperaba explicaciones y disculpas.
A pesar de estar débil salí de la habitación con paso seguro y con garbo. Había mucha gente pero nadie volteó a mirarme. Seguí caminando por el pasillo como desfilando por una pasarela y no recibí nada. Mis padres, el joven y el médico me observaban desde la puerta. Indignada me acerque a donde una enfermera y le pregunté si sabía quien era yo. Ella timidamente respondió que no. Yo, alzando la voz, la reté “¿Acaso nunca has visto televisión? ¿El programa de Gisela?” Ella asintió con la cabeza pero luego agrego “¿y? ¿Ha salido usted alguna vez allí?”
En ese momento la rabia se me subió del estomago a incendiarme la cabeza y creo que me desplomé.
Cuando nuevamente volví a la conciencia estaba en la misma cama, en el mismo cuarto de la clínica con las mismas cuatro caras preocupadas mirándome. Esta vez estaba rendida. Me dí por vencida y les pedí entre sollozos que me contaran que estaba pasando. El médico comenzó diciendo que era normal que ante los cambios tenga una crisis de este tipo. Luego entre mi padre, madre y el chico me contaron lo siguiente:

Yo me había ido en 1986 a estudiar danza a Nueva York.
(Hasta allí estaba yo de acuerdo, el resto de la historia fue todo novedad para mi).
En 1992 había dado a luz a un rollizo bebe al cual mi pareja Leroy y yo habíamos llamado Lawrence. Los años siguientes fueron duros por la muy destructiva relación entre Leroy y yo y porque me había alejado de la danza para dedicarme al cuidado de nuestro hijito.
Este cambio tan radical en mi vida, sumado a las penurias económicas y las peleas casi diarias con Leroy me mandaron al diablo y fue en ese momento que sufrí mi primera crisis nerviosa. Luego de estar internada en un hospital público en Brooklyn mis padres desesperados me convencieron de que venga a visitarlos al Perú.
Es así como en 1995 vine con Lawrence pero no me quedé a vivir aquí sino que solo pasé 3 meses. Durante esos meses veía Panorama todos los domingos. Había una reportera que trabajaba allí que se llamaba Fernanda Longoni y aparentemente me obsesioné con ella. Me parecía intrépida, graciosa y audaz y comencé a pensar que estaría mejor con una mujer. Quise conocerla pero, como si leyera mi pensamiento, Leroy me llamó suplicándome que regrese.
Y así lo hice. Decidí darle a esa relación una última oportunidad. Aparentemente fue una buena decisión pues nuestra relación, que en realidad no carecía de amor, se tornó finalmente en una buena. Ambos pusimos de nuestra parte, trabajamos duro para funcionar como familia. A el le comenzó a ir muy bien profesionalmente y yo retomé la danza. Audicioné para la compañía de Trisha Brown y me aceptaron. Durante muchos años bailé allí y viajé con ella por todo el mundo. Cuando viajaba, Leroy se hacía total cargo de Lawrence y cuando no podía mi cuñada lo hacía.
Fui muy feliz, así me contaron.

Hace algunos meses, por culpa de unas lesiones, tuve que retirarme de la compañía y de bailar profesionalmente. Eso me tumbó. De pronto no le encontré propósito a mi existencia, me sentí inútil y hasta mi identidad se vió afectada.
Este estado de inseguridad afectó nuevamente y después de muchos años de estabilidad la relación con Leroy.
Decidí tomarme unos meses en Lima para pensar y reorganizar mi vida.
Es por esto que estoy de regreso, luego de veinticuatro años.

Por lo que me contaron mis padres y Lawrence, mi llegada al Perú había sido más fácil de lo que yo misma esperaba. Estaba muy contenta gozando del ritmo y la calidez de Lima, de las prontas propuestas que me estaban ofreciendo y es por esto que nadie comprendía por que había caído en tan extraña y dramática crisis.

Cuando terminaron de narrarme mi propia vida, yo no tenía nada que decir. De pronto les creí, o mas que eso todo lo otro que yo había estado creyendo que era mi vida desde hace años en Lima, con Fernanda, sin hijo, con dos gatos, como maestra y coreógrafa de danza me pareció lejano. Casi turbio, como una fantasía.

Mi padre observaba mi reacción ansioso, mi madre con lágrimas en los ojos y Lawrence se lanzó hacia mí. Nos abrazamos largo rato y fue ese abrazo que me confirmó que esto que me contaban era real. Su cuerpo fornido, tierno y tembloroso me ubicó. Me retiré un segundo para observarlo. Por supuesto que era mi hijo. Como había podido dudarlo. Tenía mi frente y la forma de mis ojos, la boca, nariz y contextura eran de Leroy. Su piel era una mezcla de los dos, oscura pero con muchas pequitas. Se me vinieron una avalancha de imágenes, la de su nacimiento, la de su potito de bebe cagado, su primer día en la guardería, sus pataletas, cuando se metía a nuestra cama los domingos en la mañana, cuando se rompió la pierna jugando basketbol, cuando se robaba sorbos de mi cerveza, sus dedos sucios acariciándome los cachetes cuando me veía triste y miles de recuerdos mas. Por el haría lo que sea, sentí. Era la razón de mi existencia. Le agarré su carita y lo besé hasta quedarme sin respiración. Le pedí mil disculpas y ambos nos quedamos dormidos hasta el medio día del día siguiente.

De eso han pasado varios días. Hoy me encuentro en mi departamento terminando de desempacar. Lawrence me acaba de contar ilusionado que acaba de hacer su primer amigo en Lima y que esta noche se irán de juerga. Leroy me ha llamado dándome la buena noticia que ha reservado un pasaje para el 18 de diciembre. Será la primera vez que viene al Perú, a mi patria, se quedará un mes. No sabemos si seguiremos juntos, como pareja, pero sabemos que nos queremos mucho.
Me siento feliz y agradecida. Agradecida por haber tomado la decisión años atrás de no rendirme y continuar con mi vida en Nueva York.
Debo reconocer sin embargo que cuando pienso en la vida que hace unos días creí haber vivido, me parece una gran vida, una deliciosa y digna de vivir vida. Me hubiera gustado también vivir esa vida.

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Si yo pudiera

Te abrazo fuerte y no te suelto. Te aprieto hasta que cada pena que corre por tus arterias sea exprimida vía tus capilares fuera de tu sistema.

No soporto verte triste.

Sé que no puedo ni me corresponde hacerte feliz ni que es entera culpa mía que no lo seas pero voy a intentar que los huequitos que se forman en tus cachetes cuando sonríes aparezcan nuevamente. Y se queden.

Para comenzar voy a asegurarme que te despiertes todas las mañanas (bueno, casi todas) con la piel erizada y descubierta. Sin apuros. Con palabras que no solo te acaricien si no que te informen y recuerden que eres un ser poco común. Digo poco común porque a menudo no me encuentro con seres que escuchen, que construyan, que den, que respeten, que diviertan, que enseñen, que amen como tú lo haces.
Me aseguraré que mis labios vayan mermando los leves temblores que produce la ausencia de alegría, la pena sin sentido y que estos sean reemplazados por los que son consecuencia de las miles de señales eléctricas que llegan y estimulan a ese pequeño e intenso lugar en el cuerpo femenino. Que antes de comenzar el día me digas convencida “Soy tu diosa”.

Estoy considerando seriamente aprender a manejar para llevarte lejos. Atravesar cordilleras, valles, puentes y ciudades. Podríamos llegar a la península de Yucatán y si nos queda energía pues continuar hasta El Cairo.
Y si me dices que sola te quieres ir, hazlo…pero regresa.

Si te regalo un perrito, o al menos una cara de halconcito ¿te sentirías mejor?
Quizás si vamos a comer algo rico con el sabor a manteca de la cocina de tus tías y nos tomamos todos los vinos del local regresaremos al departamento cantando y trepando las rejas del vecino, al día siguiente la risa al recordarlo se instalará nuevamente entre tus costillas.

Antes deseaba tener una espalda y brazos grandes para gustarte más. Ahora pienso que sería bueno para poder levantarte y cargarte cuando lo necesites, así como lo has hecho tú conmigo miles de veces. Mañana mismo voy al gimnasio…

Pero por sobre todo quiero que sepas que si no tengo las herramientas para darte lo que necesitas, si en mis manos no está esa habilidad pues de todas maneras y sin duda estoy para acompañarte en esa búsqueda; y de cuando en cuando alcanzarte un bastón, un poquito de agua, un mapa, una linterna, un cuchillo, una canción, un beso, una cama, una fiesta y un poquito de sensatez.

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DISFRAZADO DE HIJO

La relación entre BD y yo es compleja. No la logro descifrar ni mucho menos catalogar.
Nos conocimos hace mas o menos seis años y no fue un amor a primera vista sino a segunda.

El día que me lo presentaron él jugaba con sus hermanos y hermanas y no me llamó la atención posiblemente porque no era muy agraciado. Mas bien yo le había puesto el ojo a su hermano Fabrice al que encontré elegante y bellísimo.

Pasaron varias semanas durante las cuales no dejé de pensar en este hermano de belleza avasalladora. Decidí visitarlos nuevamente con la convicción de que ese día me iría con él pero cuando llegue al departamento donde se estaban quedando fue BD quien corrió a recibirme. Nuevamente lo encontré un tanto feito pero esta vez noté su mirada pícara que me jaló una sonrisa. Sin embargo yo estaba determinada a salir de ese lugar con Fabrice así que me dirigí a donde el descansaba. Estaba acostado en el sofá. Su cuerpo parecía esculpido por Rodin. Era perfecto y parecía que él lo sabía porque sin salir de la pose en la que estaba levantó la cabeza y me miró con soberbia. Yo, sutil y respetuosamente, traté de relacionarme con él pero pasaban las horas y a Fabrice parecía que lo único que le importaba era que su estimado cuerpo se mantenga en perfectas condiciones mediante el reposo. En pocas palabras no me daba bola.
Mientras tanto estaba BD deshaciendose por llamar mi atención y verdades sean dichas, me divertía.

Se comenzó a hacer tarde y yo no quería pecar de imprudente pero a la vez había estado tan obsesionada con Fabrice que decidí hacer un último intento. Es increíble cuan poderosa puede ser la belleza. El deseo de poseerla o de tenerla al lado nuestro es tal que aunque no recibamos nada más a cambio e inclusive sea aburrimiento lo que obtengamos, insistimos.

Me acerqué a Fabrice y con el cuidado con el que manipularía a una filigrana lo toqué. El me miró con asco y salió vociferando del cuarto. Me quedé helada. De pronto sentí una presencia cálida a mi lado. Era BD que me miraba con dulzura y que se ofrecía como premio de consuelo. Me dije a mi misma que uno no los escoge sino que ellos a uno y resignada salí con él.

Durante el camino BD estuvo algo tembloroso. De cuando en cuando me miraba casi pidiendo auxilio pero luego orgulloso se asomaba por la ventana y pretendía estar fresco como una lechuga. Cuando entramos a mi departamento él aún estaba tímido y podría jurar que hasta temeroso. Caminaba cauteloso y parecía estar tazando cada rincón. Poco a poco se fue apoderando de el y al terminar la noche parecía que había convertido mi territorio en suyo totalmente. Esto me desconcertó. Me sentí invadida y más cuando se metió a mi cama, todo sucio, sin que yo estuviera preparada para recibirlo. Me fui a dormir fastidiada pensando que quizás había sido una mala idea traerlo.

Los días siguientes fueron extraños. Yo continuaba sintiendo que BD era invasivo pero a la vez esta confianza en sí mismo era algo que yo admiraba en un ser y hasta envidiaba y fue por esto que no pasó mucho tiempo para que no solo me acostumbre a su presencia en mi casa y en mi vida sino que se torne en el mi motivo principal de existencia.

Era fascinante ver como iba experimentando y aprendiendo. Era audaz, travieso y las cosas parecían no costarle demasiado. Cada palomillada era celebrada por mí y así fue como se dio cuenta que yo tenía un fuerte instinto maternal y que él me lo activaba pero sobre todo que ese instinto tenía mas que ver con dar amor y protección que con dar disciplina. Conciente o inconcientemente, decidió aprovecharse de esto.

Hoy es dueño y señor absoluto de este hogar. Los muebles de la casa se han convertido en sus juguetes, los ha transformado en los bosques encantados por los que posiblemente quisiera correr.

Todas las ventanas están protegidas para evitar que se lance por ellas creyéndose el hombre araña o cualquier otro super héroe.

El come tres veces al día pero cuando yo llego cansada y hambrienta en la noche, él se sienta en un banquito al lado mío y exige que le de de mi comida. Yo la pruebo antes para asegurarme que no esté ni muy fría ni muy caliente, ni muy condimentada ni con algún sabor que pueda fastidiarle. Luego la come él y a veces me deja sin pescado, carne o pollo.

Cuando tiene ganas de jugar o siente que no le he dado la atención que él requiere pues recurre a actos violentos como empujar vasos de vidrio llenos de líquido al suelo. Lo mismo hace con los floreros. Le encanta verlos caer, romperse en mil pedazos y sobre todo se regocija al verme en cuatro patas, agotada y adolorida, limpiando sus destrozos.
Intento regañarlo pero sus cejas enormes y despeinadas, parecidas a las de mi padre, me derriten y por parecerse a él, lo perdono.

Son pocas las noches que logro dormir de corrido. La mayoría él se despierta en la madrugada y como se siente aburrido me despierta para que lo atienda o entretenga. Su propósito creo es, mas que sentir algo, hacerse sentir. No entiende o mas bien no le importa que mi cuerpo no puede funcionar adecuadamente sin siete horas de sueño. Me inca o muerde hasta que el dolor me hace rebotar de la cama y hacerle caso. Nos empujamos y terminamos a manazos. Yo me pongo roja de cólera y así es justamente como a él le gusta verme. Cuando tuvo lo que quiso se echa nuevamente sobre mi y cae en un sueño profundo mientras yo me quedo con insomnio.

Es celoso y aunque también es sociable y le gusta que vengan invitados a la casa, no puede perder el protagonismo. Para sentirse que el sigue teniendo el poder hace cosas como lamer cada aceituna del piqueo sin que las visitas se den cuenta y cuando ve que ellos se las comen ignorando que ya han pasado por su lengua lijosa y mal oliente, entra en carcajadas y me mira esperando que yo haga lo mismo, y pues en silencio, lo hago.

Hay días en que siento que no puedo atenderlo como el desea y para no sentirme mal hago algo terrible. Le doy de esa hierba que le encanta, que lo estimula, que lo ensimisma. Durante el tiempo que está bajo su efecto no me necesita y yo puedo descansar sin que el sienta que estoy defraudándolo.

Hace unos años desapareció por un día. Fueron 24 horas espantosas. Por mi cabeza pasaba todo ¿Habrá sufrido un accidente? ¿Y si lo han secuestrado? ¿Se habrá metido en una pelea? O lo más temido ¿Se harto de mí y ya no me quiere? Quise pensar que simplemente era su naturaleza, la de no estar mucho tiempo en un lugar, la de no apegarse a nada ni a nadie y justo cuando estaba aceptando esta posibilidad, regresó. No dió explicaciones, solo pidió que le cure el corte en la pierna, que le dé de comer y que lo llene de besos y caricias. Hasta el día de hoy no se donde estuvo ni porque se fue. Sé que por el bien de nuestra no equitativa relación es mejor que no haga preguntas.

Desde ese día tengo, sin embargo, una sensación de que no se quien es ni porque le tolero tantas cosas.

Cuando hay mucha oscuridad él se abstrae, se ausenta y sus pupilas se dilatan. Se vuelven huecas y se convierten en túneles que presiento podrían llevarme a un lugar donde me mostrará quien es él, que quiere de mi y cual es el propósito de él en mi vida pero creo que los túneles son tan largos que nunca llegaré a ese lugar. Antes de hacerlo sus pupilas-túneles se contraen, se reducen y me expulsan nuevamente a este mundo en donde yo vivo para servirlo y amarlo sin cuestionamientos.

 

BD

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Un Hermoso Día

No es común despertarme luego de haber dormido solo cinco horas por culpa de un inclemente insomnio y no estar fastidiada.
Tampoco es normal en mi no sentirme desahuciada cuando siento dolor en la rodilla izquierda, una contracción en el cuello, una punzada en una de las vértebras lumbares y una nueva y extraña molestia en el tercer dedo del pié derecho.
Esto era un buen presagio.

Salí de mi casa temprano, a la misma hora de siempre, y había sol. Todos sabemos cuan raro y agradable es que salga el sol en el invierno en Lima. Si supiera silbar hubiera silbado pero me contenté con repetir 2 o 3 frases de la canción de Tito El Bambino que sonaba en la radio “El amor es una magia. Una simple fantasía……que crece y crece…..”.

Hice todo lo que tenía que hacer, sin apuros y con gusto. Luego me senté a esperar. No se que esperaba pero lo hacía con ilusión y sin temores y mientras tanto iba leyendo, sin concentrarme, Perú 21.

Los rayos del sol iban calentando mi cuero cabelludo e iban entrando por el al resto de mi cuerpo. Su calor me iba llenando de algo similar a una gelatina que me producía cosquilleos y al poco rato toda yo me sentía suave y dispuesta.

En eso levanté la mirada y con dificultad por la mucha luz del día vi un espejismo. Parecía que era un caballo celeste pero no estaba segura. En cualquier caso sonreí desde el útero y decidí seguirlo. Me dejé llevar. No sabía a donde me conducía pero pensé que era bueno no tener las riendas siempre. Era como si estuviera de vacaciones en mi propia ciudad, como si yo fuera una turista y eso me encantó.
Caminé mucho, siguiéndolo siempre y olvidando por un rato la lista de cosas que tenía que hacer, dejando las culpas atrás, muy atrás.

Con cada paso mi cuerpo se iba acalorando, agitando, empapando de sudor. Comencé a jadear pero aún no quería detenerme. Música acompañaba mi paseo. Nunca dejó de sonar y eso contribuía a que cada esquina fuera más interesante. Me gustó todo lo que ví. No era nada nuevo, ni extraordinario pero ese día lo percibía especial, más que otros.

El caballo celeste se detuvo y a mi me comenzó a dar hambre. Entré a un chifa y comí pollo enrollado y chancho asado y quería seguir comiendo. Estaba insaciable.
No solo me llené la panza sino que me llené de mil sensaciones y de tanto sentir mi cuerpo, lo dejé de sentir. Quedé como anestesiada. Justo antes de que la saliva se me comience a derramar por las comisuras de la boca me incorporé. Fui al baño y en el espejo me ví rosada, despelucada y con el poco maquillaje corrido. Me pedí un café y un postre de flan con galletas. Cuando salí del local ya no estaba el espejismo del caballo celeste.

Al rato me encontré con mi madre. Pensé que su vitalidad, entusiasmo y, sobre todo, tranquilidad me dan a mi la felicidad y calma que necesito en mi vida. Si ella está bien yo también lo estoy.

Y llegó la noche. Hubiera preferido no ducharme y quedarme con el sudor pegajoso del día pero lo hice y me sentí pura y preparada para gozar de los vegetales crujientes y la frescura de cada ingrediente dizque orgánico. Mientras el vino recorría mi boca, garganta y esófago confirmaba que sentir placer es importante y sencillo y fácil.

Escuchaba a lo lejos el sonido de un piano y sus notas parecían dedos tocándome la clavícula, el vientre, la columna.

Su voz y sus palabras me fueron conduciendo al último placer del día, a dormir
De pronto un arrebatado pensamiento se cruzó por mi cabeza ¡Mañana! ¿Qué pasará? ¿Qué debo hacer? Pero justo antes de que esto arruine mi día un pesado y abrumador sueño se apoderó de mí salvándome de la incertidumbre y la angustia.

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EVA segunda parte

Sonaron los últimos cuatro acordes y terminó la canción pero también se apagó la luz. La oscuridad del salón se rompió segundos después con la luz tenue de las velitas de la torta y el canto destemplado de “feliz cumpleaños” reemplazo a Madonna. Voltee hacia Eva pero no la encontré. Con la mirada la busqué por todos lados y finalmente la vi poniéndose el saco y saliendo por la puerta. Se me volcó el corazón y corrí hacía ella. Estaba bajando las escaleras cuando le agarré el brazo toscamente. Ella volteó molesta y me preguntó ¿Qué te pasa? Yo estaba sorprendida con mi comportamiento desesperado y mas aún cuando le respondí “No te vayas por favor”. Ella me miró entre desconcertada y procesando algo y luego de lo que me pareció una eternidad me dijo que la siga. Yo lo hice y mientras caminábamos hacia su carro sentí con claridad que no solamente Eva estaba teniendo un extraño poder sobre mí sino que se había dado cuenta de ello.
Durante el camino (que yo no sabía hacia donde nos llevaría) no dijo palabra. Fui yo la que me disculpé y trate de explicar mi comportamiento contándole que me había caído muy bien y que sentía una química especial y que quería ser su amiga y que quería que me cuente que había pasado con lo de los escorts. Yo hablaba erráticamente y parecía una chiquilla desequilibrada. Era como si hubiera sido poseída por un ser muy inseguro y débil.
Llegamos a un edificio por el malecón y subimos a lo que evidentemente era su departamento. Se quitó los zapatos, sirvió dos piscos se sentó en el suelo y recién allí volvió a hablar. “¿En que me quedé?” preguntó y retomó su historia.
Resulta que no se atrevió a llamar a ADAMO. Pensó que sería mejor escribirle al correo que salía en su web. Y así lo hizo. Pasaron unos días y no recibía respuesta, entonces le volvió a escribir y esta vez tampoco recibió respuesta. Molesta y frustrada comenzó a escribirle a otros chicos escorts, a los que consideraba por x motivo menos peligrosos y más atractivos. Le escribió a seis más y ni uno le respondió. Para entonces ya estaba obsesionada con el tema además de no estar acostumbrada a que las cosas no le salieran como ella quisiera. Eva me repitió esto último mirándome fijamente a los ojos y nuevamente sentí un ligero temor pero inmediatamente se suavizó y continuó con su relato.
Al no recibir respuestas por correo electrónico se compró una tarjeta telefónica y comenzó a llamar a varios de los chicos. Siempre contestaba la maquina diciendo que dejaran su numero cosa que ella no iba a hacer. Luego de demasiadas llamadas, uno contestó. Se llamaba o decía llamar Giuliano. Su voz le pareció ruda y un tanto mal educado pero a esas alturas poco le importaba como fuera el chico. Le dijo de frente lo que quería y el le dijo que cobraba s/. 120 la hora y media a domicilio. En ese momento ella recapacitó y pensó que definitivamente no debía de ocurrir en su departamento. Quedó en llamarlo para decirle donde se encontrarían.
Colgó y sintió sus pulsaciones a una velocidad que nunca antes habían llegado. Casi atorada llamó a Fernando y le pidió si el encuentro podía ser en su departamento. Le pidió también si podía él esconderse en el cuarto de al lado y estar atento por si algo malo pasaba, por si Giuliano resultaba ser un ladrón o un asesino. Fernando con la frescura de siempre accedió divertido y la felicitó por finalmente dejarse de miedos y prejuicios y apoderarse de su sexualidad. Fue así como días mas tarde estaba Eva toda emperifollada y temblando como un perro sin pelo esperando la llegada de el primer prostituto en su vida. Cuenta que ni bien lo vio entrar sintió una excitación increíble, que el cuerpo fuerte pero con tendencia a engordar de Giuliano la devolvió a la vida. De frente lo llevo al cuarto, él le pidió el dinero por adelantado y ella le entregó una bolsita con condones. Ambos se desnudaron rápidamente. El ya tenía una erección y ella saltó sobre él a hacer buen uso de su hora y media. Fue alucinante. Eva me cuenta que ese chiquillo, que no tendría mas de 25 años, era todo un maestro pero que lo que mas la había excitado era el saber que a ese semental ella le estaba pagando y que ella le podía pedir lo que quisiera sin preocuparse si a él le gustaba o no. Cuando todo acabó no sintió la necesidad de abrazarlo si no mas bien le pidió que se vistiera y que se fuera. Giuliano era dócil y esto también le gustó. Quedaron para la siguiente semana y se despidieron.
Fernando salió del otro cuarto con miles de preguntas y ganas de escuchar detalles pero Eva solo pudo decirle que había descubierto el mejor afrodisíaco de su vida, el control y el poder. Le agradeció enormemente por haberla empujado a esto, le dio un beso en la frente y se marchó convertida en una nueva mujer.
Se vio con Giuliano cuatro veces más, estas veces en su propio departamento pues no le había dado desconfianza y a pesar que hablaban poco sentía que era un chico bueno que tenía deseos y aspiraciones en su vida y que de alguna manera tenía que vivir de algo en este país con tan pocas oportunidades. Sin embargo Eva se dio cuenta de que si lo seguía contratando solo a él podía desarrollar un vinculo afectivo y eso era justamente lo que quería evitar así que le preguntó si tenía amigos que hicieran lo mismo que él. Giuliano le dijo que sí pero que no le convenía recomendarlos pues entonces él se quedaba sin chamba.
Eva se quedó pensando y sin saber porque le dijo que no se preocupe que ella le conseguiría mujeres dispuestas a pagar por sus servicios. Le pregunto también si estaría dispuesto a hacerlo con hombres y Giuliano con ojos de carnero desnutrido le contestó que chamba es chamba.
Fue así como Eva comenzó una incesante búsqueda de posibles clientes para Giuliano.

Yo, que hasta el momento había escuchado y asimilado bastante bien la historia de Eva, me sorprendí con esto. No me esperaba para nada lo que me estaba contando. Ella parece que lo notó y de una manera agresiva me dijo “¿Qué? ¿Te vas a escandalizar ahora? ¿Cucufata eres? Si no te gusta lo que escuchas puedes irte, la puerta está abierta”. Me dolió que Eva pensará que yo fuera cucufata pero mas me dolió la posibilidad de que me echará de su departamento y no la volviera a ver. Me parecía fascinante y sentía un inexplicable imán hacía ella. Rápidamente le respondí “No, no. Yo no soy así. Lo juro. Sigue por favor”. Y siguió.

No le fue fácil encontrar a mujeres deseosas de pagarle a chicos por sexo. Otra cosa fue encontrar a hombres pero Giuliano le suplicaba que tratase de encontrar a mas mujeres porque no quería convertirse en “cabro”. A ella le convenía que él estuviera contento para que le siga recomendando a amigos para que sus jueves de sexo continuaran llenándola de placer. Ella piensa que fue la estrella que tiene en su vida que por pura casualidad una mañana mientras se cambiaba en el gimnasio oyó a unas mujeres en sus cuarentas y cincuentas conversar. Mientras secaban sus carnes no tan atléticas comentaban entre risas y disfuerzos que hacía tiempo no la veían, que estaban tan necesitadas que con el primero que se les cruzara atracarían. A Eva se le prendió el bombillo y muy cautelosamente se acercó a ellas, se presentó hizo un par de chistes al respecto para integrarse y sin mas reparos les soltó que ella les podía ofrecer algo para “aliviar” esa situación. Las mujeres dejaron de reírse y la miraron con desconfianza pero Eva al ser tan regia y educada difícilmente causa rechazo. Invitó a tomar un jugo a las cinco mujeres. Ellas accedieron y ya en la juguería Eva les hizo la propuesta, unas la miraron con estupefactas, otras con asco pero una muy seriamente le dijo “yo si quiero”. Y así fue como Meche tuvo su encuentro feliz con Giuliano. Tan buena fue su experiencia que se lo comento a sus amigas del gimnasio, y del casino y con las que iba a comprar a Ripley y a Saga y poco a poco muchas se fueron animando. Lo interesante es que la llamaban a ella para que les haga el contacto y como Giuliano ya no se daba abasto comenzó a recomendar a Mario, Ramiro, Miguel y a Sandro.
Se dio cuenta que pasaba mucho rato contestando y haciendo llamadas y que la cuenta del celular había subido notablemente así que comenzó a cobrar comisión. Decidió que los chicos debían cobrar s/. 200 de los cuales s/.50 eran para ella. Llego un momento en que los cinco chicos no eran suficiente pues cada vez la llamaban mas y mas mujeres interesadas. Lamentablemente a sus chicos y a ella se les estaba haciendo difícil convocar a más escorts y en esas estaban en estos momentos.

Eva se quedó callada, se paró y llevo los vasitos de pisco al lavadero. Este parecía ser el fin de la historia. No pude contenerme y le pregunté si este negocio era lo que le daba la calidad de vida tan alta que tenía. Me miró como si yo fuera una tonta y me dijo que por supuesto que no, que ella tenía dinero por otros medios y que ella no necesitaba de esto para vivir. Entonces le pregunté, arriesgándome a que me mande a rodar, que porque lo hacía. Y ella impávida me contestó “porque me gusta”. Su mirada pero sobretodo lo que me dijo me debilitó las piernas, sentí un escalofrío y sin la menor duda sentí que Eva me encantada. Me paré para acercarme a ella pero ella ya se había dado media vuelta y estaba diciéndome que ya era hora de que me vaya. Abrió la puerta y a mi no me quedo otra que despedirme. Di dos pasos y escuché su voz “los bailarines siempre andan misios ¿no?”. Voltee para decirle algo. Ella sonreía con su bocaza maravillosa
“llámame” dijo “te he apuntado mi numero en el forro de tu cartera”. Cerró la puerta.

Esa noche no pude dormir. Tampoco la siguiente. Al tercer día de insomnio y de no dejar de pensar en Eva la llamé y quedamos en vernos en su departamento esa misma tarde. La vi mas guapa de lo que la recordaba, tomamos un café y luego de una vana y corta conversación me preguntó si había pensado en su pedido. “¿Qué? ¿Cuál?”. Me dijo que no me haga la tonta que dizque yo sabía muy bien lo que ella quería de mi y que eso era que le consiga chicos bailarines, con cuerpazos y con ganas o necesidad de trabajar para ella. Yo no podía creer lo que escuchaba. Si bien eso era lo que había sentido que ella insinuó la última vez que nos vimos no pensé que realmente pretendía que yo lo hiciera.
Balbucee no se qué y los ojos se me aguaron, ella me toco la mejilla y el cuello. Era su primer gesto de cariño y a mi el corazón casi se me para pero este momento duró poco menos de un minuto y Eva nuevamente me estaba despidiendo de su departamento, esta vez menos dura, y sugiriéndome que la llame cuando tenga candidatos.
No hay duda que cuando uno quiere algo lo consigue. Yo que soy tímida y poco entradora en tres días logré conseguir a un chico, a uno de los bailarines del programa de televisión donde trabajo. Evidentemente yo no quiero ser parte de este negocio. Lo que quiero es tener una excusa para ver a Eva. Ayer regresé a su departamento pensando que iba a estar orgullosa de mí. De hecho me felicitó y yo no pude mas. La agarre de la cintura y la intenté besar pero ella contundentemente me apartó y luego dio un paso atrás. Me miró desde arriba y con desden pero siempre seductora y me advirtió “para mañana me consigues a dos chicos mas”. Me entregó el frío de su espalda.

Es por esto que hoy estoy desesperada. No me queda mucho tiempo y no se por donde empezar a buscar. He hecho llamadas y nada. A Eva no la puedo defraudar. Si no la vuelvo a ver, si me saca de su vida no se que me pasará. Por favor si alguno de ustedes lectores tiene una sugerencia o esta dispuesto a colaborar o necesita cachuelearse escríbanme. El tiempo está corriendo.

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