defiende el enfoque de género

Laberinto

Publicado: 2009-11-22

Cuando llegué ya estaba cansada. Tenía sueño. El viaje no había sido largo ni aparatoso. No era eso. Desde hacía meses que mi cabeza no descansaba, que estaba llena de pensamientos y deseos contradictorios. La pena y el miedo me estaban desgastando. El viaje sin duda iba a ordenarme, al menos eso pensé.

La cosa es que llegué al Terminal de buses y me tomé un taxi hacia la plaza donde me irían a buscar.

La plaza no era nada especial. Esperé un rato y como nadie llegaba busqué una cabina de teléfonos para llamar y avisar que ya había llegado. Nadie contestó. Pensé que ya llegarían así que agotada arrastré mis dos maletas hacia la banca más cercana.

Me quedé un rato dormida y desperté rodeada de una jauría de perros maltrechos. Eran horribles pero los reconocí como sobrevivientes. Inmediatamente me sentí protegida por ellos.

Ya estaba oscureciendo y a pesar que el agotamiento no me permitía sentir ansiedad ni ninguna otra emoción, me pareció extraño que nadie llegara por mí. Volví a llamar. Una vez más no hubo respuesta. Decidí buscar el hospedaje por mi propia cuenta. Me habían dicho que quedaba en el Cerro Bellavista. Pregunté como llegar a el. Luego de que unos atentos transeúntes me indicaron la ruta me encaminé. Mis nuevos amigos, los cinco perros, me acompañaban. Me hubiera gustado que me ayuden con una de las maletas pero como eso era imposible me contenté con sentirlos a mi lado cuidando cada paso que daba.

Luego de diez minutos llegué a las faldas del cerro. A pesar del esfuerzo de jalar las maletas y de la incertidumbre seguía con sueño y los parpados me pesaban.

Había un camino y comencé a subirlo. Subí y subí por la calle destartalada y empinada. Mi corazón se agitaba. Hasta a los perros les estaba costando.

De pronto llegué a una bifurcación. No sabía cual de los dos caminos tomar. La duda me hizo parar. Además el hombro derecho me dolía de jalar la maleta. Me senté un rato. A mi alrededor habían muchas casitas coloridas, caca de perros y gatos y latas de cerveza pero ni un solo ser humano a quien hacerle una pregunta.

Me senté en el suelo y recosté mi cabeza en una pared con un colorido graffiti de unos súper héroes de rasgos mapuches. Se les veía victoriosos y felices. Al lado estaba escrito “tu eliges”.

Las letras se me hicieron borrosas y el sueño casi me toma por completo pero el ladrido del perro cojo me indicó que debía continuar. Me paré abruptamente. Pensé que sería bueno si aligeraba mi carga y dejaba un par de cosas. Dejé lo que menos me interesaba.

El perro de ojos casi blancos había escogido por cual de los dos caminos continuar. Ni yo ni el resto de perros se opuso. Caminamos y cada vez el camino se hacía más estrecho y desordenado. Una vez más llegamos a una intersección. Esta vez había muchas opciones. Se podía seguir hacia arriba, voltear a la derecha, a la izquierda o entrar por un pasaje a la diagonal derecha. El perro “oji casi blanco” volvió a guiarnos. A la derecha sería y en ese momento me di cuenta que él era el líder y como tal él tomaría las decisiones importantes. Yo me dejaría llevar confiando que llegaríamos a buen puerto y eso no necesariamente era el hospedaje donde me habían reservado una habitación.

Habremos caminado una hora por recovecos y callejuelas. De cuando en cuando aparecía entre las plantas, casas y paredes la vista esplendida del océano Pacifico. Eso ero lo único que me mantenía relativamente ubicada, por lo menos sabía dónde estaba el oeste y esto implicaba que mi norte no estaba del todo perdido pero inmediatamente después volvíamos a entrar en la turbulencia de las miles de callecitas, caminitos y escaleras que nos llevaban a quién sabe donde.

El sueño y la confusión me hicieron parar, gateé hacia un poco de pasto y me acurruqué entre los perros. Yo sudaba mucho y ellos jadeaban y me miraban con ojos tiernos.

Dormí un rato. Me desperté por los lengüetazos que el perro con dreadlocks me daba tratando de secar las lágrimas que me corrían por los cachetes. No dejaban de caerme pero yo ya no sabía exactamente porque lloraba. El agotamiento me seguía anulando la capacidad de pensar y recordar que era lo que me estaba pasando y porque estaba allí.

Alcé la mirada y en la pared frente a mi había una sola cosa pintada. Era un corazón. El típico corazón rojo con una flechita atravesada. Eso me devolvió la memoria y ahí si que el llanto se me vino como un huayco. Mocos y babas empaparon mis manos, mi polo, mi pelo alborotado.

Aullidos míos y de los cinco perros ahuyentaron al silencio de esa noche. Y la convirtió en una aterradora.

Antes de que amanezca ya nos habíamos calmado y estábamos los seis despiertos mirando a las estrellas. Era momento de seguir caminando.

No quería hacerlo pero sabía que debía dejar la maleta grande. Ya no podía seguir llevándola.

Me despedí de ella como si fuera una persona.

Nuevamente aparecieron miles de opciones de caminos que seguir pero nuestro líder lo haría por nosotros. Era bueno confiar y dejarse llevar. Subimos, bajamos, volvimos a subir, parecía que íbamos en círculos pero nunca repetimos un lugar.

Paramos pocas veces, dos o tres máximo. En una de ellas el perro sin cola desapareció y cuando regresó me traía la mitad de un completo. Estaba mordido por un humano que obviamente lo había botado. Tenía hambre y no estaba para hacerle ascos a nada así que me lo comí y seguimos camino.

Hacia el final de la noche yo caminaba con los ojos cerrados. Estaba casi dormida pero “funcionaba”.

Con los primeros rayos del sol me di cuenta que estábamos en la cima de un cerro. Ya no había viviendas ni rastros de seres humanos cerca. Los perros dejaron de caminar. Se echaron agotados en el suelo. Me percaté también que ya no tenía mi maleta pequeña. En algún lugar la había dejado.

Me senté.

La vista era maravillosa. Estaba despejado y se veía todo el horizonte.

El perro con la mandíbula inferior protuberante se echó sobre mí. Creo que trataba de darme paz.

Hasta el día de hoy sigo en ese lugar. Los perros se han ido pero yo no me he movido aún. No es un lugar para quedarse mucho tiempo. No hay nada. Solo una lejana vista hermosa.

Me imagino que cuando deje de tener sueño, cuando ya no esté cansada sabré a donde ir.


Escrito por

pachi valle riestra

mujer peruana de 42 años, bailarina, coreografa, maestra de danza. Además y aveces...jurado de programas concurso de baile en la televisíon, sin ser actriz ha actuado en la televisión y en teatro, sin ser escritora escribe porque la hace feliz, caminante porq


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