no le saca la vuelta a la ley

Ysabel la del hostal

Publicado: 2009-11-16

La historia de Ysabel no es del todo original. Tampoco es común pero de hecho habrán escuchado de una o dos historias similares a la de ella alguna vez en sus vidas. Es más, hace unos años, salió una película francesa que contaba la historia de una mujer similar a Ysabel.

En cualquier caso, no por no ser única deja de ser digna de contar. Así que la contaré. Seré breve pues poco sé de ella. En realidad nadie en la pequeña ciudad de Valparaíso sabe o recuerda mucho de ella. Dicen que si no es lugareña vivió allí desde muy chica pues lo que si recuerdan es que su dominante madre nunca la dejó jugar con los niños del barrio pues no quería que se ensucie así que solo se les veía pasar del colegio, la iglesia o el mercado a la casa donde vivían.

Hoy siguen viviendo en la misma casa, las dos. La madre está muy viejita e Ysabel se dedica al cuidado y compañía de ella. Ysabel no trabaja, al menos eso parece. La gente dice que viven de una herencia pero que posiblemente ya les queda poco y por ese motivo desde hace unos años Ysabel decidió alquilar habitaciones a los turistas que continuamente visitan el puerto.

Su casa está ubicada en uno de los cerros más simpáticos y vitales de Valparaíso, El Cerro Alegre. Esto debería de indicar que las dos habitaciones que Ysabel alquila estarían siempre llenas, pero no es así. La casa está casi en la cima del cerro, lejos muy lejos pero el problema no es ese sino que la casa emana algo extraño, triste y apolillado.

Una vez llegó un hombre colombiano. Era joven, robusto y hermoso. Llegó con poco equipaje. Quien sabe que fue a hacer, parecía que estaba de transito. Era lunes por la mañana cuando tocó la puerta de la casa. Luego de los varios segundos que le tomó a Ysabel sacar los 7 pestillos, la puerta se abrió con el sonido de unas campanitas. Y allí vio Ysabel al hombre más hermoso que en su vida había visto, con una sonrisa de niño y un cuerpo de hombre-lobo.

El colombiano educada y tímidamente pasó, vio el cuarto y preguntó el preció. Ysabel misma se sorprendió de su respuesta “Yo cobro 10 mil pesos la noche pero a usted se lo dejo en 5 mil”.

Sin más ni más el colombiano lo tomó. No sabía cuanto tiempo se quedaría pero de hecho más de una semana le dijo.

Este fue el inició de los días mas intensos que Ysabel en sus casi 50 años había vivido.

Comenzó a estar pendiente de cada movida del colombiano, si usaba el baño, si salía de la casa, si llegaba, si volvía a salir, si había ruido en el cuarto, si hablaba o no desde su celular.

Trataba de encontrarse con él cada que podía en el pasillo y le preguntaba si todo estaba bien, si estaba a gusto, si necesitaba algo.

El colombiano siempre le respondía con dulzura, era muy atento y le pagaba puntualmente. Nunca un hombre la había mirado a los ojos ni se había tomado el tiempo para hablarle. De pronto se sentía segura con él. Comenzó a sentir que la casa se llenaba de vida, que el olor a enfermedad de la madre iba siendo sustituido por el delicioso olor a sudor de ese hombre maravilloso.

Ysabel se sentía feliz. No recordaba cuando había sido la última vez que se había sentido así. Quizás nunca.

La quinta noche pasó algo inesperado. Era tarde. Ella y su madre ya estaban acostadas cuando escuchó al colombiano llegar. Pero no llegó solo, llegó con una mujer. Ysabel escucho las voces y risas de ambos. Trataban de no hacer ruido pero parecía que venían borrachos.

Ella sintió un golpe en el estomago con resonancia en todo su cuerpo y un eco ensordecedor. En segundos algo parecido a un ácido le comenzó a quemar la piel. Celos. Celos espantosos que no la dejaron dormir.

Escuchó toda la noche jadeos y el crujir de la cama y cuando llego el amanecer se incorporó rápidamente, se bañó y decidió esperar a que salgan el par de inmorales.

Le pediría al colombiano que se vaya. Le diría que ella no le alquilaba habitaciones a parejas. No le importaba que suene ridículo ni poco creíble. Lo quería fuera de su casa. Primero salió la mujer. Era una zorra vieja, con el maquillaje corrido. No entendía que le había visto el colombiano a tremenda decadente. La mujer con las justas alzó la cara para saludarla y se fue tambaleando luego de abrir los 7 pestillos.

El colombiano no salió inmediatamente. Luego de 15 minutos aproximadamente Ysabel escucho que la puerta se abría y corrió para darle el encuentro pero al verlo salir en lugar de decirle lo que iba a decirle se quedó paralizada. Lo vio aún más hermoso, más dulce y más gentil. Él, con su voz suave le dijo “¿Y como ha amanecido hoy? Voy a comprar pan ¿desea que le compre algo?”.

De más está decir que Ysabel se derritió, sintió en ese mero momento que lo amaba y que no era ni sería nunca capaz de decirle que se vaya.

Es así como el doloroso y apasionado amor de ella hacia él comenzó.

Todas las noches él llegaba con distintas mujeres. A veces repetía pero no era lo común. Unas eran turistas, otras lugareñas y hasta un par de prostitutas del puerto llevó.

Ella esperaba despierta hasta que llegaran y luego de que los escuchaba encerrarse en el cuarto ella corría a la lavandería que era el lugar más cercano a la habitación.

Se moría de celos pero también sentía un intenso placer al escuchar las sesiones amatorias que su amado tenía con las distintas mujerzuelas. No solo escuchaba los jadeos de ambos sino que palabras perversas, golpes en el suelo, cachetadas, muebles rechinando, sollozos, gemidos.

Al comienzo ella se asustó. Pensó que algo terrible y violento podría estar ocurriendo pero como a la mañana siguiente veía a ambos relativamente bien dejó de preocuparse. Más bien todo lo que escuchaba la excitaba hasta el punto de quedar empapada por sudor, por fluidos vaginales, por lágrimas.

Ella se arrastraba y retorcía por el piso, como si fuera a ella a quien él le estaba haciendo el amor. Se lanzaba contra las paredes hasta que algo en su cara sangrara. Necesitaba sentir. Necesitaba sentir a gritos.

Nadie podría imaginar lo que cada noche se vivía en esa casa.

Y mientras las noches transcurrían así, los días estaban llenos de devoción de Ysabel hacia el colombiano. Ella quería atenderlo y complacerlo en todo lo que estuviera a su alcance. Una tarde ella lavaba los pisos cuando él salió con el torso desnudo y cargando un bulto de ropa. Era la primera vez que lo veía así. Se movía como una pantera. Quería lavar ropa le dijo. Metió la ropa en la maquina y batalló con los botones sin saber que hacer. Ysabel se acercó para ayudarlo. Sus dedos se encontraron encima de un botón. El calor de su cuerpazo la abrazó, su respiración la acarició.

De allí en adelante se ofreció a lavarle la ropa cada dos días. Y así lo hizo, no sin antes oler sus calzoncillos. Mientras colgaba la ropa ya limpia y mojada cantaba y se sentía plena y como por lo general esto coincidía con las siestas que el colombiano tomaba todas las tardes ella entonces también le velaba el sueño. Se aseguraba de que no haya ruidos molestos, apagaba el televisor y le daba a su madre unas pastillitas para que también durmiera a esa hora. Si durante ese tiempo llegaba alguna de sus mujerzuelas a buscarlo, ella les decía por la ventana “está haciendo la tuto. No la puede atender” y sin remordimientos les cerraba la ventana en la cara.

Pero como era de esperar el colombiano un día se fue. Se lo dijo la noche antes. Le pagó, le agradeció, dijo que recomendaría el lugar y le dio la mano.

Ella no pudo decir ni una sola palabra. Fue como si todo lo que estaba debajo de su piel se hiciera trisas, que quebrara en mil pedazos. No sabe como pudo caminar hasta la cama. Se desplomó sobre ella.

No pudo pararse sino hasta días después. Lo escuchó irse en la mañana pero sus piernas no reaccionaban. Tampoco lo hicieron ante los gritos desesperados de la madre exigiendo comida.

Al tercer día se levantó, había envejecido como cinco años. Entró al cuarto de su amado, estaba impecable pero olía a cerveza y a sudor. De hecho solo había dejado una lata de cerveza Escudo.

Hoy espera con ansias a que regrese algún día y algunas noches mientras espera y el recuerdo se va volviendo cada vez más difuso entra a la lavandería y con el cuchillo de fruta se corta ligeramente los brazos y las piernas. Es lo mas cercano a revivir la pasión que vivió por él.


Escrito por

pachi valle riestra

mujer peruana de 42 años, bailarina, coreografa, maestra de danza. Además y aveces...jurado de programas concurso de baile en la televisíon, sin ser actriz ha actuado en la televisión y en teatro, sin ser escritora escribe porque la hace feliz, caminante porq


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